lunes, 12 de julio de 2010

El gesto inequívoco de los reyes vencidos

He visto esta crónica en la web de ciclismo a fondo y me ha gustado bastante porque dice la verdad… que el tiempo no perdona ni a los que han sido los mas grandes. No se si Lance hizo bien en volver, porque no tenia nada que ganar y mucho que perder, pero para mi merece todo mi respeto y quedar tercero como hizo el año pasado, después de estar retirado, es un resultado estratosférico. Ahora tiene 39 años y el cuerpo no recupera igual que cuando tenía 25, por lo que es normal ver lo que le paso ayer, aun asi sigue siendo un CRACK. Os dejo con la crónica.


Hay un gesto inequívoco, una mueca que no engaña, que señala el paso del tiempo, de la edad que marca cruel y sin piedad, sello del que nadie escapa, sin evasiva posible. Ración lacerante, atroz, implacable tanto como inexplicable la reacción del cuerpo, venas apacibles, corazón otrora ardiente y ahora sosegado. Paz interior ante el derrumbamiento, ante el golpe de la lógica, inédita y desconocida pero lógica al fin y al cabo. Ley de vida sádica la de la decadencia pero enigmática esa respuesta, injustificable para los sentidos y el cerebro que no entiende el por qué de esa sensación: la calma cuando todo se derrumba. Cuando la historia de un mito forjado se va diluyendo y se derrumba implacable, impotente. Se hecha mano entonces de la experiencia. Los mismos años, los que tumban, despiadados y voraces, los que muerden a dentelladas sin respeto la historia, los que preparan el funeral y gritan a la entrada en escena del declive natural son a la vez la enmienda, el fármaco con el que se sustenta la placidez. Apática. De eso sabe Lance Armstrong, mil sensaciones como hormigas recorren su cuerpo. Mil imágenes se presentan en diapositivas que corren imparables ante su mirada lacónica cuando el pelotón se le va, endeble el americano, quebradizo en plena ascensión al Col de la Ramaz, un mundo hasta la meta de Morzine todavía. El que le cayó, inexorable al heptacampeón mientras Contador, el rival más odiado, Andy Schleck, el ciclista que ya mete miedo, que ya gana e intimida al madrileño, Sastre, Wiggins, Basso y Kreuziger. Menchov y también Leipheimer se marchaban. Todos los favoritos. Todos menos él.

En medio del cataclismo por decadencia entendida, del ocaso y el desplome, la muerte lenta y anunciadora, sufrimiento y agonía, al viejo Lance se le proyectó delante de los ojos la vida entera. Los inicios, el salto del charco atlántico, el cáncer y el abismo. La superación, los siete Tours ganados. La gloria, el éxito y la fama. El Dios supremo en el que se convirtió, y la retirada. Y el aburrimiento. Y el regreso. Y el segundo puesto con el que recuperaba el poder a medias. Con el que se creyó vigoroso, rey opulento y férreo en busca de la reconquista. De lo que era suyo. No tardó en ver que, destronado, la cruzada de la redención es costosa, un delirio aunque se cuente a con un ejército de escuderos como lo tiene él, el potente y coaccionador RadioShack. Ni con esas. Porque cuando el hachazo de la decadencia golpea ni los brazos más forzudos, ni las piernas más robustas, ni el pedaleo más hercúleo pueden eludir lo inevitable. Entonces solo queda la compostura. Tomar el hábito y marchar tranquilo hasta la meta. Aquella que le vio triunfar y que pone ahora el punto final a su historia.

Descolgado en la Ramaz
Así lo hizo Armstrong, calma reinante en la mirada, espalda sangrienta, costillas mutiladas y maillot arapiento, el signo delator del alud que sobre él iba a caer, cuando se fue al suelo por primera vez en los diez primeros kilómetros de la etapa alpina con nombre y apellidos del Tour. Morzine Avoriaz quedó grabado en su lápida. No fue el único contacto de Armstrong con el asfalto. En les Gets volvió a caerse cuando Ivan Velasco y Egoi Martínez trataban de hacerse con una bolsa de avituallamiento. Todo contratiempos. Todo contragolpes para el hombre invencible. Eso era antes. Ahora, hasta los sacos de víveres le hacen caer. Se levantó sin más. Imperturable. Imagen desconocida, lejos de aquel carnívoro que todo lo quería, insaciable en mirada y gesticulador asesino. Eso era antes también. Esta vez hasta esperó a que su bicicleta se desenganchara de la maraña entre los dos hombres del Euskaltel, estiró los huesos magullados y retomó el paso. Para entonces ya se dejaba más de dos minutos con el grupo delantero. Ya nada le importaba pues. Ocaso.

Derrumbamiento el del norteamericano provocado por Dani Navarro, tan voraz y sensacional como el sábado provocó el asturiano la selección y aceleró el ritmo. Prisas por demostrar al mundo que ni él ni el resto de remeros del Astana son tan frágiles como se dice. Prisas por acallar críticas. Por sumar pedaladas a base de muertes anunciadas como las de Lance Armstrong, sufrimientos como el de Luis León Sánchez, otra de las víctimas, o desesperaciones como las de Joaquim Rodríguez, el debutante ilusionado que probó a catar las rampas de Morzine Avoriaz pero reguló hasta la neutralización ante el endiablado ritmo de Navarro. Prisas también las de Navarro por ver a su líder ganar, dar el golpe de gracia, el primero para decir al mundo entero quién es el nuevo jefe. Tanta celeridad y presteza, tanta impaciencia a la que Contador no pudo devolver el esfuerzo regalado.

Ataque de Andy Schleck
Algo se quedó vacío en el alma de Andy Schleck. Un inexplicable, entendido solo en la mente de los eruditos que cuentan con la extensión de su 'yo' mismo. Caminaba el esbelto luxemburgués, planta inmejorable, naturaleza y clase propias, tales como su tranquilidad, sobre una pierna. Imperturbable, igual que Lance Armstrong. Pero más joven, más fulminante, más 'killer'. Espada solitaria la de Andy. Sin prolongación. Se había quedado cortada en Arenberg. Sepultada ante las piedras que partieron en tres la clavícula de su hermano mayor Frank. Sin él todo cambiaba. Pero así se talla un campeón. A base de reponerse ante la adversidad, de mantener la calma, fría mente ante ataques de la sublevación como los de Kreuziger, Gesink y Van den Broeck. La insubordinación ante la tiranía de Contador. El que a los tres respondió, altivo y ágil como acostumbra, alegre en su bailoteo sobre la bicicleta. Algo vio en él el pequeño Andy. "No estaba bien, lo noté y quise sacar provecho".

A buscar oro también se lanzó Samuel Sánchez cuando el travieso Schleck atacó, seco y rápido, brusco, violento y sagaz, impetuoso. El asturiano del Euskaltel le replicó, a su rueda. Pero quiso más, quiso la victoria. Lo deseó tanto que no pensó al darle el relevo de la muerte con solo quinientos metros por delante, ventaja que poco le duraría. No le costó al campeón olímpico girar la cabeza en la misma línea de meta justo después de clavarse en el asiento y firmar su muerte. Sentencia atronadora que no tardó en certificar, mirada hacia un lado para ver cómo Andy Schleck le sobrepasaba. A él y a Contador. Tantas prisas por responder a los ataques y acabó por inhibirse ante el despliegue de Andy Schleck. Aviso. Doce minutos después que ellos y que Evans, el nuevo amarillo, llegaba Armstrong, de mirada tranquila ante lo inevitable del ocaso y la decadencia. El gesto inequívoco del rey vencido.

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